El Despertar
Alen abrió lentamente los ojos y observó el techo, recargado de pinturas de hombres y mujeres representando actitudes de la vida cotidiana, sin saber dónde se hallaba ni cómo había llegado allí.
Un rápido vistazo bastó para convencerle de que se hallaba en la morada de alguien rico. La amplia cama era mullida, de madera oscura con intrincados labrados que le costó identificar como algún tipo de enredaderas, y con sábanas blancas y suaves como las del mejor sueño de un mendigo. El cuarto podría haber sido la sala principal de la casa de un mercader moderadamente rico, amplia, con tres grandes ventanales alargados por los que se filtraba la luz del sol y el suave aroma de la brisa del mar, con alfombras y una hermosa chimenea de piedra en el otro extremo donde ardía un pequeño fuego con mansedumbre.
Una mujer vestida de blanco, sentada en un balancín en el centro de la estancia, leía un pequeño libro que tenía en su regazo, aparentemente ajena a todo lo demás. Parecía joven, pero le produjo una fuerte inquietud desde un principio. Una vieja sensación pugnaba por salir, algo que debería saber, pero que en su estado de confusión no acababa de esclarecer.
La mujer levantó la vista del libro. Directamente hacia él.
- Tranquilo. Está entre amigos. -Fue lo que dijo.
- Pues no recuerdo que usted sea amiga mía. -Le espetó de inmediato, apenas sin pensar. Pronto se le ocurrió que no era buena idea ser tan brusco con aquella desconocida; su aura casi chisporroteaba con la esencia de la magia. Los magos no eran famosos por su paciencia. Es más: Solían ser hoscos con los extraños, cuando no hostiles a la menor falta de respeto.
La mujer se incorporó con determinación. Hubo de echar mano de toda su sangre fría para fingir indiferencia mientras se aproximaba hasta la cama mirándole fijamente. En contra de lo que esperaba, sonrió. Sonrió con calidez.
- Pregunte, y responderé tan bien como me sea posible.
- Pues para empezar -Titubeó Alen- ¿Me podría decir quién soy yo?
Un rápido vistazo bastó para convencerle de que se hallaba en la morada de alguien rico. La amplia cama era mullida, de madera oscura con intrincados labrados que le costó identificar como algún tipo de enredaderas, y con sábanas blancas y suaves como las del mejor sueño de un mendigo. El cuarto podría haber sido la sala principal de la casa de un mercader moderadamente rico, amplia, con tres grandes ventanales alargados por los que se filtraba la luz del sol y el suave aroma de la brisa del mar, con alfombras y una hermosa chimenea de piedra en el otro extremo donde ardía un pequeño fuego con mansedumbre.
Una mujer vestida de blanco, sentada en un balancín en el centro de la estancia, leía un pequeño libro que tenía en su regazo, aparentemente ajena a todo lo demás. Parecía joven, pero le produjo una fuerte inquietud desde un principio. Una vieja sensación pugnaba por salir, algo que debería saber, pero que en su estado de confusión no acababa de esclarecer.
La mujer levantó la vista del libro. Directamente hacia él.
- Tranquilo. Está entre amigos. -Fue lo que dijo.
- Pues no recuerdo que usted sea amiga mía. -Le espetó de inmediato, apenas sin pensar. Pronto se le ocurrió que no era buena idea ser tan brusco con aquella desconocida; su aura casi chisporroteaba con la esencia de la magia. Los magos no eran famosos por su paciencia. Es más: Solían ser hoscos con los extraños, cuando no hostiles a la menor falta de respeto.
La mujer se incorporó con determinación. Hubo de echar mano de toda su sangre fría para fingir indiferencia mientras se aproximaba hasta la cama mirándole fijamente. En contra de lo que esperaba, sonrió. Sonrió con calidez.
- Pregunte, y responderé tan bien como me sea posible.
- Pues para empezar -Titubeó Alen- ¿Me podría decir quién soy yo?


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