Las matanzas son calurosas incluso cuando hace frío. La sangre corre a borbotones, te satura la nariz con su hedor. Yo no firmé por esto, pero son gajes del oficio.
Quemar pueblos, arrasar granjas, destripar aldeanos... todo es parte del trato. A quien no le guste que se retire y que le deje el puesto a otro con más arrestos y el estómago más duro. Pero los que de verdad me preocupan son los que disfrutan demasiado con esto.
No hablo de los orcos. Ellos tienen la mejor excusa: Son así. Pendencieros, salvajes, brutales. A veces me sorprende no verlos correr a cuatro patas con el hocico al viento, como lobos. Tampoco pienso en sus inquietantes capitantes oscuros, los Ordos. Esos saben controlarse en el sentido al que me refiero, manteniendo a raya el primitivismo, aunque al mirarlos detenidamente, formas oscuras de impactantes ojos negros como abismos donde titila una luz antinatural, a veces tengo la impresión de que si ellos no me pasan a cuchillo por la espalda es porque servimos al mismo amo, no por falta de ganas.
Me refiero a otros humanos. Los cobardes son los peores. Se atan a un salvajismo gratuito para compensar el temblor de sus manos. Cometen atrocidades gratuitas. A un orco no se le puede reprochar pasar a cuchillo a un prisionero indefenso en el calor del combate; a los cobardes sí. Y no es lo peor que hacen. Su comportamiento nervioso e incontrolado mina la moral de la tropa, y lo que es peor, su disciplina y respeto a los mandos. La solución, en tiempos de guerra como estos, es tan obvia como rápida.
Pasar a cuchillo a cobardes de tu propio bando es parte de la tarea a cumplir. No firmé por ella, por supuesto. No soy un asesino. Pero acepto que es una parte desagradable, aunque necesaria, del trabajo. Disciplina, orden, eficacia... no hay consideración que no abale la decisión de matarlos. Siempre mejoran las cosas en el seno del ejército al hacerlo, al menos hasta la aparición del siguiente cobarde. Con todo, existe un problema.
El problema, a decir de algunos, sería explicar estas muertes a los superiores. No es bueno para la disciplina que parezca que se mata gratuitamente a gente de nuestro propio bando, o por motivos poco claros y sospechosos. También parece, a mi modo de entender, una debilidad del mando más que del soldado, ya que al deshacerse del sujeto reconoce que no es capaz de dominarlo como se espera de un servidor, alto mandatario curtido y sabio, de una rígida estructura castrense, más aún de la nuestra.
Pero no: Nuestros jefes se toman con mucha calma estos informes. Incluso aquellos cuya redacción levantaría suspicaces, aunque en cierto modo fundadas, sospechas en los altos mandos de nuestro enemigo, mucho más obsesionado con la justicia y la verdad que nosotros. La razón, que no alcanzo a entrever, es lo que me llena de inquietud.
Antes creía que a nuestros mandos no les importaba nada salvo los resultados, y que mientras se cumpliesen los objetivos marcados se haría la vista gorda. La súbita desaparición de algunos competentes capitanes a los que nadie echó de menos pronto me disuadió de esa idea.
Yo no soy mejor que otros y mi pasado es una rémora. Entonces, ¿por qué aún no han tomado medidas disciplinarias contra mí? Cabe la posibilidad de que lo usen en el futuro, para frenar mis ascensos o hacerme chantaje, algo del todo previsible dada nuestra catadura moral. Pero no; mi instinto, que rara vez me ha fallado, me conduce por otros, más siniestros, derroteros. Ideas tan oscuras y espantosas que, cuando se me pasan por la cabeza, aun hoy, con tantos atroces crímenes a mis espaldas, mis pecados y mi irredimible degeneración moral, todavía me cuesta aceptar sin horror.
Lo que sospecho es que toda muestra de falta de lealtad total a La Causa está bien vista como motivo de asesinato. La cobardía demuestra que no existe fanatismo, y parece que es eso lo que explica la rápida resolución de estos casos en nuestros tribunales marciales. Punto. Un juguete roto menos.
Cabe preguntarse entonces si yo mismo, clérigo de la Orden desde su fundación, soy lo bastante fanático a ojos de mis superiores, y por cuánto tiempo más seguirá siendo así...